miércoles, 13 de enero de 2016
Los
puentes de Saramago
Hemos
mirado al oeste peninsular con un tonto aire de superioridad más afilado que
las paredes que ha tallado el Tajo. Porque, a excepción de esos cortes
naturales y las trabas artificiales de ambos Estados, las mugas son invisibles.
Pruébelo el caminante saltando los riachuelos que hermanan tierras, allá por
Aranhas y Penamacor. O lea a José de Sousa Saramago (Azinhaga,
Ribatejo, 1922 / Lanzarote, 2010) cuando escribe que fue «el primer viajero que en
medio del camino, para el automóvil, tiene el motor ya en Portugal, pero no el
depósito de gasolina, que aún está en España». El Nóbel de Literatura 1998 se asomó al pretil
y predicó: «Venid acá, peces, vosotros,
los de la margen derecha, que estáis en el río Douro, y vosotros, los de la
margen izquierda, que estáis en el río Duero, venid acá todos y decidme cuál es
la lengua en que habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas, y si
también ahí tenéis pasaportes y sellos para entrar y salir».
Don
José practicó una literatura que unía el humilde manantial cultural de sus
abuelos (léase su discurso de Nobel en Estocolmo) con un compromiso literario
duro, difícil, hasta farragoso. Una personal narrativa del
absurdo y lo imposible ('Ensayo
sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez'...). Y fue sobre todo un puente
entre humanos: militante de causas nobles, que hasta ayudó en nuestras cuitas
vascas. No es casual que su inacabada novela 'Alabardas' parta del industrial
luso que saboteó las bombas para el fascismo español y las firmó «Esta bomba no
explotará».
Como
ha dicho su viuda: «acaba la obra del hombre que no quiso morir sin haberlo
dicho todo». Y remata: «no es una novela sobre la guerra y sí un canto al
activismo de quienes quieren cambiar lo establecido, lo que se asume como inevitable».
Torrente creativo de un hombre bueno que tendió puentes de concordia cultural y
humana: «Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin
de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a
equilibrar el mundo».
Iñaki Zaratiegi
Musical
Haz el gamberro y no la
guerra
Título: ‘Guerra’.
Intérpretes: Albert Pla, Fermin Muguruza, Raül Fernández ‘Refree’. Director:
Pepe Miravete. Audiovisuales: estudio Nueveojos. Fecha: 11-XII-2015. Lugar: Teatro Victoria Eugenia (Donostia).
Asistencia: media entrada, unas 400 personas. Precio: 25-27-30 euros.
Iñaki Zaratiegi
Una mínima barricada
domina el minimalista escenario con un absurdo soldado recibiendo órdenes en
clave entre ‘Pato 1’ y ‘Ganso Mareado’. El espacio de fondo dibuja las coordenadas
electrónicas que sitúan un punto de mira sobre una ciudad a la que se trata de
rodear, aislar y atacar. El soldadito resulta ser Albert Pla y sus
comunicaciones y reflexiones recuerdan al glorioso Gila de las conversaciones
telefónicas entre morterazo y morterazo.
Es el arranque de la
entente entre Pla, Fermin Muguruza y Raül Fernández ‘Refree’ en el musical
‘Guerra’, que arribó el viernes a un Victoria Eugenia a medio llenar. La obra
es un personal alegato pacifista en el que, como suele suceder, el mejor es el
malo. En este caso el cantante de Sabadell, que demuestra una habilidad
teatrera que la afición local ya conocía desde ‘Cara cuero’ o ‘Canciones de
amor y droga’.
El de Sabadell se
vuelve a auto parodiar, cruel y cínico, en el guerrero asesino que pide perdón
por los daños colaterales de su cerco a una ciudad inocente con los fugitivos
niña Verónica y osito Cuco como víctimas visibles. Pero tras el desalmado está
lógicamente un aterrorizado hombre que sueña con las florecillas, los
riachuelos y los valles de su tierra natal. Y que añora a su mamá y en
particular las tartas de frambuesa de la abuelita.
Muguruza es la ciudad
resistente. El irundarra es autor de sus propios discursos y parece
interpretarse a sí mismo en su papel de concienciado e indignado ciudadano.
Hasta el punto de ser divertidamente invitado por Pla a frenar su ardor
militante y relajarse con una “droguita”. La dicotomía entre el bien y el mal
de los dos personajes centrales y de algunos mensajes (“esclavo-patrón”, ‘SOS.
La soga del tirano’ y similares) camina por una resbaladiza línea cercana a
ratos al maniqueísmo de panfleto. Pero esa parece ser la intencionalidad de la
trama en la que el enmascarado músico Refree, autor de la parte musical, ocupa
un papel más secundario, añadiendo su ruidismo guitarrero a unas grabaciones de
fondo que acaban atosigando los tímpanos cuando la guerra entra en su máxima
dinámica.
Pla se muestra
impecable y maduro como actor y menos sorprendente ya en su conocido papel de
cantante susurrador. Voluntarista y entregado parece Muguruza a ritmo de
rock-rap, un punto desnudo sin banda instrumental de apoyo y que debe esforzarse
en terrenos melódicos menos habituales en su repertorio autónomo. Y eficaz está
Refree como ángulo instrumental del triángulo escénico.
Hay momentos álgidos
como el Concierto Mundial por la Libertad, la sesión boxística o el denteroso
efecto de un tenedor rayando un plato. Se hace hincapié en el papel del fútbol, la
publicidad o las drogas, con llamada de Muguruza a abandonar la comodidad de
espectador e implicarse en el compromiso. Sorprende el impactante momento final
con el superviviente Refree grabado desde camerinos.
La propuesta
escénica tiene el suelo más firme en el imaginativo trabajo audiovisual y de efectos multimedia. El juego de
rejas-muros que divide el escenario o con las letras de la carta que escribe
Pla y un sinfín de trucos ópticos dibujan una notable labor. Aunque se cargue
tintas en el último tramo con una insistencia excesiva en explicar la crueldad
de los ejércitos “pacificadores” o en misión “humanitaria”. Como dice el
Sargento Mayor Hijo de Puta “la paz a veces tiene un alto precio”. Una de hazañas anti bélicas.
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